Gran parte de la humanidad transita hoy por la certeza de ser individuos absolutamente separados de los demás seres humanos y del resto del universo, pero este es el tiempo en el que comenzaremos a comprender que en realidad somos sistemas vivientes, orgánicamente ligados a todo lo que existe.

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“Gran parte de la humanidad transita hoy por la certeza de ser individuos absolutamente separados de los demás seres humanos y del resto del universo, pero este es el tiempo en el que comenzaremos a comprender que en realidad somos sistemas vivientes, orgánicamente ligados a todo lo que existe.”

La ilusión de sentirnos superiores
Por Eugenio Carutti

Estamos condicionados para sentirnos seres superiores, para creer que los humanos somos el techo de la evolución. Cualquiera de nosotros, seguramente, se sentiría sorprendido si le preguntaran seriamente por qué nos creemos superiores a los animales, a los árboles y las flores, a las nubes y los cristales, al océano y las mariposas. ¿Pero por qué deberíamos serlo?
Después de todo, acabamos de descubrir que nuestro código genético apenas difiere del de los monos e incluso compartimos el 90% de nuestro material genético con muchos insectos. Decimos que somos los seres más complejos que conocemos. Eso es cierto, pero no existiríamos si las sencillísimas bacterias no habitaran nuestros cuerpos y no podríamos vivir ni por un instante sin un elemento tan simple como el oxígeno. La sencillez del oxígeno y de las bacterias hace posible nuestra complejidad. Es el pensamiento lo que nos separa de todo lo demás y nos ubica en la cima de una escala jerárquica que no existe más allá de nuestra mente.

No somos seres independientes. Formamos parte de un gigantesco sistema viviente en el que elementos de diferente complejidad se combinan en un orden tan creativo y misterioso que excede nuestras actuales posibilidades de comprensión.

Nuestra civilización recién comienza a pensar en términos de sistemas. Pero estamos muy lejos de haber aprendido a vivir como una parte de ellos. El destino -la consecuencia de nuestros actos y creencias- nos conduce inexorablemente a aceptar nuestra dimensión planetaria. En este momento discutimos intensamente acerca del calentamiento global, la depredación de los bosques tropicales, la falta de agua. Por las malas más que por las buenas, empezamos a darnos cuenta de que formamos parte indisoluble de la vida terrestre. Este es un nuevo y muy difícil aprendizaje para nosotros, pero más tarde o más temprano, con mayor o menor sufrimiento los hechos que deberemos enfrentar nos harán comprender que el planeta Tierra es un organismo viviente infinitamente más complejo que el ser humano. Y que nosotros somos parte de ese bello organismo.

¿Por qué no podemos verlo? ¿Por qué nos sentimos tan importantes, tan superiores y excepcionales? Psicológicamente, sabemos que cuando un individuo se cree superior a los demás está respondiendo inconscientemente a una carencia que debe compensar. Su intima sensación de vacío lo obliga a confirmar su imaginario poder con actos que tarde o temprano se revelarán desastrosos para él y para quienes lo rodean. Ese ego de bases tan frágiles necesita proclamar continuamente su supuesta superioridad. Pero, ¿no hacemos acaso lo mismo en tanto humanidad? De nuestros terrores ancestrales han surgido todo tipo de creencias y teorías que no tienen fundamento alguno. Que son sólo compensaciones de nuestro frágil ego colectivo. Meras justificaciones de nuestro accionar predatorio.

Nos hemos condicionado para percibirnos como entidades separadas del resto de la vida. Pero esto no es cierto.
Nuestra conciencia colectiva ha ido más allá de la conciencia indiferenciada de la vida tribal. Gran parte de la humanidad transita hoy por la certeza de ser individuos absolutamente separados de los demás seres humanos y del resto del universo, pero este es el tiempo en el que comenzaremos a comprender que en realidad somos sistemas vivientes, orgánicamente ligados a todo lo que existe.

En términos astrológicos, la fase de conciencia tribal se corresponde con el signo de Cáncer. La de creernos individuos separados, es propia del signo de Leo. El que le sigue es Virgo, el signo de la entrega al misterioso orden de la vida, la conciencia de sistema, el fin de de la infancia de la especie humana. La etapa en la que cada vez más seres humanos podremos ser capaces de ver en la dulce mirada de un perro, en el maravilloso canto de un pájaro, en la majestuosidad de de un viejo árbol, la misma vida que late en todos nosotros; sin necesidad de sentirnos superiores. Cada parte cumpliendo con su función en la totalidad de la vida de este maravilloso planeta, sintiendo la potencia del impulso evolutivo en nuestro ser. Reconociéndonos terrestres. Empezando a registrar que estamos contenidos en un sistema inteligente aún más complejo, cuyo centro es el Sol. Y más allá de nuestro sol, la infinita complejidad multidimensional de la Galaxia…

¿Queremos realmente seguir aferrados a la mezquina conciencia que nos convierte en los soberbios y solitarios tiranos de la Tierra? ¿O dejaremos que finalmente nuestro corazón se abra ante la evidencia de que somos un aspecto más entre todos los que conforman el sagrado misterio de la Inmensidad?

 

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